Identidad


Las personas nos hacemos ideas de las cosas, de la misma manera nos hacemos una idea de quienes somos nosotros mismos, nos creamos una identidad. La base de esta identidad se establece en lo que hemos escuchado en la infancia, lo que nos han contado de nosotros las personas que estaban a nuestro alrededor: madre, padre, hermanos, familiares, profesores, amigos.

¡Que inteligente es!

¡Pero que tonto!

¡Que niña más guapa!

¡Que gordita es!

¡Que desastre!

¡Una monada!

¡Tú vales para mucho!

¡Tú para eso no vales!

¡Que muchacho más perezoso!

¡Pero que vago!

¡Que trabajadora es!

 

¿Nos suenan estás frases?

 

Con la información (en ocasiones positiva, otras negativa), que hemos ido recogiendo a lo largo de nuestra infancia, formamos la idea que tenemos de nosotros mismos, lo que decíamos, nuestra identidad.  

También hacemos una valoración de esa identidad, nos gusta más o nos gusta menos, casi siempre basados en lo que se supone que es mejor, otro dato que también nos han contado. A esta valoración es a la que llamamos autoestima (idea positiva o negativa que tengo de mí).

Cuando nos hemos formado una imagen negativa (demasiados juicios negativos sobre nuestra valía), el resultado es que padezcamos mucho sufrimiento psicológico, porque rechazamos partes nuestras, esas que nos dijeron que estaban mal, esas que ya anteriormente otros habían rechazado. Podríamos imaginarnos que tenemos una herida emocional, algunos le llaman tener autoestima baja. No valgo, no soy suficiente, no merezco, no tengo derecho.

Al igual que con las heridas físicas, que no queremos tocarlas para que no nos duelan, con las heridas emocionales hacemos lo mismo; para eso utilizamos diferentes estrategias, por ejemplo:

  • Hacemos uso del ego, una pantalla que no nos permite vernos realmente, nos autoengañamos.
  • Nos ponemos por encima de los otros, así no nos alcanzarán sus críticas.
  • Nos adormecemos con las drogas y/o el alcohol, nos evadimos, así no sentimos.
  • Nos blindamos, intentamos que nada nos toque, nos escondemos, para evitar más dolor, el dolor del rechazo, nos aislamos.
  • Nos conformamos, no asumimos riesgos, no buscamos lo que nos gusta y nos hace felices.

El resultado en todos los casos es que esa herida no es atendida, simplemente queremos reducir el dolor.

La solución para reducir el sufrimiento psicológico pasa por aprender a hacer una autoevaluación más ajustada, revisar los juicios que recibimos en la infancia y que por nuestra falta de criterio, debida a la edad, nos tragamos sin cuestionar. 

 

La invitación es a revisar la idea que nos hemos hecho de nosotros mismos, ser más justos, esto nos ayudará a cambiar la manera en la que nos relacionamos con nosotros mismos.